miércoles, 4 de enero de 2012

ISMAEL OLLERO - APOSTASÍA

Ismael Ollero (1985)
De repente las olas se hicieron gigantes. Las contemplé con incertidumbre, pues nunca había visto nada igual. Traté de disimular mi entusiasmo ante los ojos de los lugareños que también se bañaban, para que no me tachasen de palurdo. No obstante, preferí acercarme a la orilla, ya que la colchoneta en la que yacía en busca de sol y calma, en realidad, me había arrastrado hacia la zona de peligro. Al menos sabía que allí la profundidad era mayor a la de mi altura y que las olas multiplicaban por cinco mi tamaño.
Sólo tuve tiempo de ver una sombra enorme, la de una ola enfurecida que, al romper sobre mí, me absorbió como una astilla en un desagüe. Descendí mar adentro hasta que un golpe en la rodilla detuvo mi descenso. Rápidamente, intenté emerger nadando hacia el exterior. Sin embargo, el dolor me impedía avanzar con agilidad. Por suerte, una mano divina consiguió rescatarme y llevarme a flote.

Me reanimaron tumbado sobre la arena. Miré a mi alrededor todavía aturdido. La colchoneta había desaparecido, mis heridas eran palpables y la persona que me rescató fue la primera cara que vi. 
Aunque suene irónico, este señor era el obispo de la catedral de Coria (sede que concedió mi apostasía) que quedaba a unos dos mil kilómetros de aquella playa del Atlántico.

Le invité a una caña con limón y conversamos:

Hijo, Dios ha mostrado su ira —señaló convencido— pero te ha perdonado enviándome en tu rescate. ¿Te das cuenta? Ahora tu alma es como un vaso vacío para un mundo sediento. Es mejor que vuelvas con nosotros, pues somos la fuente que nunca cesa.
- Dios aprieta, pero no ahoga -contesté riéndome-. Mire, buen hombre —continué sin risas— creo que usted no contempla la posibilidad de que yo no necesite llenar mi vaso de esa fuente, pues en el mundo hay otros ríos, lagos y mares para elegir. Es más, aún perduro en mi desierto lleno de dunas.

En el atisbo de un sol cegador y el desamparo de una luna oculta, pactamos una tregua mediante un silencio administrativo. Sol y luna eran las premisas que dedujeron como conclusión nuestras caras.

*NOTA:
Texto publicado en "Antología poética de Extremadura (2011)"

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