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jueves, 21 de junio de 2012

ISMAEL OLLERO - TIEMPOS DE POBREZA Y VANIDAD


Entre el paso de una calleja angosta y un jardín frondoso, fui asaltado por un tipo armado con navaja que me gritaba:
-¡La vida o la cartera! ¡La vida o la cartera!
Aunque parezca mentira, yo analicé la disyuntiva. Por una parte, la opción de la vida era una forma sencilla de acabar con los problemas; además, no tengo hijos. Por otra parte, el valor de mi cartera era escaso, con lo que la pérdida supondría menor tragedia que morir (o quedar malherido y pagar la factura del médico). Finalmente, le di la cartera.
El atracador, al fisgar en ella, no encontró un solo céntimo. Con un grito incontenido, la lanzó frenéticamente contra el suelo. Yo me encogí de hombros. Él suspiró y, con lástima, me dijo:
-Venga hombre, te invitó a un café.

*NOTA:
Autor: Ismael Ollero
El microrrelato "Tiempos de pobreza y vanidad" de Ismael Ollero está incluido en el libro "Yo no leo", de la editorial rumorvisual en 2011.

lunes, 7 de mayo de 2012

ÁNGEL GONZÁLEZ (1925-2008) - ESO ERA AMOR




Le comenté:
—Me entusiasman tus ojos.
Y ella dijo:
                      —¿Te gustan solos o con rimel?
—Grandes,
                      respondí sin dudar.
Y también sin dudar
me los dejó en un plato y se fue a tientas.

jueves, 2 de febrero de 2012

EDUARDO GALEANO (1940) - EL CRIMEN PERFECTO

En Londres, es así: los radiadores devuelven calor a cambio de las monedas que reciben. Y en pleno invierno estaban unos exiliados latinoamericanos tiritando de frío, sin una sola moneda para poner a funcionar la calefacción de su apartamento.
Tenían los ojos clavados en el radiador, sin parpadear. Parecían devotos ante el tótem, en actitud de adoración; pero eran unos pobres náufragos meditando la manera de acabar con el Imperio Británico. Si ponían monedas de lata o cartón, el radiador funcionaría, pero el recaudador encontraría, luego, las pruebas de la infamia.
¿Qué hacer?, se preguntaban los exiliados. El frío los hacía temblar como malaria. Y en eso, uno de ellos lanzó un grito salvaje, que sacudió los cimientos de la civilización occidental. Y así nació la moneda de hielo, inventada por un pobre hombre helado.
De inmediato, pusieron manos a la obra. Hicieron moldes de cera, que reproducían las monedas británicas a la perfección; después llenaron de agua los moldes y los metieron en el congelador.
Las monedas de hielo no dejaban huellas, porque las evaporaba el calor.
Y así, aquel apartamento de Londres se convirtió en una playa del mar Caribe.


NOTA:

miércoles, 1 de febrero de 2012

RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA (1888-1963) - LA MANO

El doctor Alejo murió asesinado. Indudablemente murió estrangulado.

Nadie había entrado en la casa, indudablemente nadie, y aunque el doctor dormía con el balcón abierto, por higiene, era tan alto su piso que no era de suponer que por allí hubiese entrado el asesino.

La policía no encontraba la pista de aquel crimen, y ya iba a abandonar el asunto, cuando la esposa y la criada del muerto acudieron despavoridas a la Jefatura. Saltando de lo alto de un armario había caído sobre la mesa, las había mirado, las había visto, y después había huido por la habitación, una mano solitaria y viva como una araña. Allí la habían dejado encerrada con llave en el cuarto.

Llena de terror, acudió la policía y el juez. Era su deber. Trabajo les costó cazar la mano, pero la cazaron y todos le agarraron un dedo, porque era vigorosa como si en ella radicase junta toda la fuerza de un hombre fuerte.

¿Qué hacer con ella? ¿Qué luz iba a arrojar sobre el suceso? ¿Cómo sentenciarla? ¿De quién era aquella mano?

Después de una larga pausa, al juez se le ocurrió darle la pluma para que declarase por escrito. La mano entonces escribió: «Soy la mano de Ramiro Ruiz, asesinado vilmente por el doctor en el hospital y destrozado con ensañamiento en la sala de disección. He hecho justicia».


NOTA: 

viernes, 27 de enero de 2012

HERMAN HESSE (1877-1962) - LA FÁBULA DE LOS CIEGOS

Durante los primeros años del hospital de ciegos, como se sabe, todos los internos detentaban los mismos derechos y sus pequeñas cuestiones se resolvían por mayoría simple, sacándolas a votación. Con el sentido del tacto sabían distinguir las monedas de cobre y las de plata, y nunca se dio el caso de que ninguno de ellos confundiese el vino de Mosela con el de Borgoña. Tenían el olfato mucho más sensible que el de sus vecinos videntes. Acerca de los cuatro sentidos consiguieron establecer brillantes razonamientos, es decir que sabían de ellos cuanto hay que saber, y de esta manera vivían tranquilos y felices en la medida en que tal cosa sea posible para unos ciegos.Por desgracia sucedió entonces que uno de sus maestros manifestó la pretensión de saber algo concreto acerca del sentido de la vista. Pronunció discursos, agitó cuanto pudo, ganó seguidores y por último consiguió hacerse nombrar principal del gremio de los ciegos. Sentaba cátedra sobre el mundo de los colores, y desde entonces todo empezó a salir mal.
Este primer dictador de los ciegos empezó por crear un círculo restringido de consejeros, mediante lo cual se adueñó de todas las limosnas. A partir de entonces nadie pudo oponérsele, y sentenció que la indumentaria de todos los ciegos era blanca. Ellos lo creyeron y hablaban mucho de sus hermosas ropas blancas, aunque ninguno de ellos las llevaba de tal color. De modo que el mundo se burlaba de ellos, por lo que se quejaron al dictador. Éste los recibió de muy mal talante, los trató de innovadores, de libertinos y de rebeldes que adoptaban las necias opiniones de las gentes que tenían vista. Eran rebeldes porque, caso inaudito, se atrevían a dudar de la infalibilidad de su jefe. Esta cuestión suscitó la aparición de dos partidos.
Para sosegar los ánimos, el sumo príncipe de los ciegos lanzó un nuevo edicto, que declaraba que la vestimenta de los ciegos era roja. Pero esto tampoco resultó cierto; ningún ciego llevaba prendas de color rojo. Las mofas arreciaron y la comunidad de los ciegos estaba cada vez más quejosa. El jefe montó en cólera, y los demás también. La batalla duró largo tiempo y no hubo paz hasta que los ciegos tomaron la decisión de suspender provisionalmente todo juicio acerca de los colores.
Un sordo que leyó este cuento admitió que el error de los ciegos había consistido en atreverse a opinar sobre colores. Por su parte, sin embargo, siguió firmemente convencido de que los sordos eran las únicas personas autorizadas a opinar en materia de música.


*NOTA:
Imagen: Herman Hesse en 1927

martes, 24 de enero de 2012

ISMAEL OLLERO - LA HABITACIÓN DE LA PAZ


 –Buenos días, vengo a suicidarme.
La recepcionista le atendió con amabilidad: le sonreía mientras colgaba su chaqueta en el perchero, igual que hace un mayordomo en reuniones opulentas, donde grandes empresarios cierran sus contratos entre vinos e ibéricos.
–Pase por aquí, por favor. Dentro le tomarán los datos y le explicarán el procedimiento posterior a seguir en la habitación.
–Lo sé, no se preocupe. Ya he venido más veces.




 
*NOTA:
Autor: Ismael Ollero
El microrrelato "La habitación de la paz" de Ismael Ollero está incluido en el libro "Yo no leo", de la editorial rumorvisual en 2011.

jueves, 19 de enero de 2012

JOSÉ MANUEL PÉREZ - A FUEGO LENTO

Don!...Don!...Don!...Don!...Don!...Don!...Don!...Don!...Don!...Don!...Don!...Don!
¡Feliz año nuevo!
El rugir del cava descorchándose me sobresaltó. Miles de sonrisas y alboroto a mi alrededor fueron amoldándose en abrazos, besos y buenas dichas de futuro. Me sentía desbordado.
¡Qué tengas un feliz año! -escuché mientras alguien me besaba en la mejilla.
¡Próspero 2012! -me exclamaron al oído.
Sólo me vino a la cabeza una cosa: “¿Y el amor?” Todos olvidaron el amor. Ahora me sentí confuso: “¿qué coño está pasando?, ¿ya nadie recuerda el amor? ¿Tan necesario es el dinero en estos turbios tiempos que ya nadie recuerda el amor?” Agaché la cabeza mientras sorbía mi último trago de cava, recordé la falta de amor en mi mundo. La desilusión me abordó, contagiándome todo el cuerpo. Quedé anestesiado. Divagué de un lado a otro repartiendo falsas sonrisas de alegría entre mi familia, pero mi cabeza y mis sentimientos seguían cavando en la dura tierra, buscando dónde perdimos el amor. Volví a llenarme la copa, la bebí de un trago, con la única ilusión de encontrar en el fondo lo que buscaba, pero no, allí tampoco se hallaba. En ese momento, unos brazos me alzaron la cabeza: dos sonrisas interrumpieron mi letargo navideño. Mis padres me regalaron un abrazo cocinado a fuego lento, aliñado con el “te quiero” más sincero que jamás escuché. Sonreí. Sonreí sin parar de abrazarles. Una lágrima surgió de mis apenados ojos.  Volví a creer en ti. Volví a recordar el amor.

lunes, 16 de enero de 2012

JULIO CORTÁZAR (1914-1984) - INSTRUCCIONES PARA LLORAR

Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza.El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.


*NOTA:
Julio Cortázar (foto de Sara Facio en 1967)

viernes, 13 de enero de 2012

CUENTOS POPULARES - CUENTO DEL PECADOR

Cuentan que una vez un hombre rico y emprendedor se horrorizó
cuando vio a un pescador tranquilamente recostado junto a su barca,
contemplando el mar y fumando apaciblemente su pipa, después de
haber vendido el pescado.
– ¿Por qué no has salido a pescar? –le preguntó el hombre emprendedor.
– Porque ya he pescado bastante por hoy
–respondió el apacible pescador.
– ¿Por qué no pescas más de lo que necesitas? –insistió el industrial.

– ¿Y qué iba a hacer con ello? –preguntó a su vez el pescador.
– Ganarías más dinero –fue la respuesta– y podrías poner un motor
nuevo y más potente a tu barca. Y podrías ir a aguas más profundas y pescar más peces. Ganarías lo suficiente para comprarte unas redes de nylon, con las que sacarías más peces y más dinero. Pronto ganarías para tener dos barcas… Y hasta una verdadera flota.
Entonces serías rico y poderoso como yo.
– ¿Y que haría entonces? –preguntó de nuevo el pescador.
– Podrías sentarte y disfrutar de la vida –respondió el hombre
emprendedor.
– ¿Y qué crees que estoy haciendo en este preciso momento? –respondió sonriendo el apacible pescador.





NOTA:
Esta imagen es una obra llamada "El pecador pobre", del  pintor francés Pierre Puvis de Chavannes
 Fuente de la imagen

miércoles, 4 de enero de 2012

ISMAEL OLLERO - APOSTASÍA

Ismael Ollero (1985)
De repente las olas se hicieron gigantes. Las contemplé con incertidumbre, pues nunca había visto nada igual. Traté de disimular mi entusiasmo ante los ojos de los lugareños que también se bañaban, para que no me tachasen de palurdo. No obstante, preferí acercarme a la orilla, ya que la colchoneta en la que yacía en busca de sol y calma, en realidad, me había arrastrado hacia la zona de peligro. Al menos sabía que allí la profundidad era mayor a la de mi altura y que las olas multiplicaban por cinco mi tamaño.
Sólo tuve tiempo de ver una sombra enorme, la de una ola enfurecida que, al romper sobre mí, me absorbió como una astilla en un desagüe. Descendí mar adentro hasta que un golpe en la rodilla detuvo mi descenso. Rápidamente, intenté emerger nadando hacia el exterior. Sin embargo, el dolor me impedía avanzar con agilidad. Por suerte, una mano divina consiguió rescatarme y llevarme a flote.

Me reanimaron tumbado sobre la arena. Miré a mi alrededor todavía aturdido. La colchoneta había desaparecido, mis heridas eran palpables y la persona que me rescató fue la primera cara que vi. 
Aunque suene irónico, este señor era el obispo de la catedral de Coria (sede que concedió mi apostasía) que quedaba a unos dos mil kilómetros de aquella playa del Atlántico.

Le invité a una caña con limón y conversamos:

Hijo, Dios ha mostrado su ira —señaló convencido— pero te ha perdonado enviándome en tu rescate. ¿Te das cuenta? Ahora tu alma es como un vaso vacío para un mundo sediento. Es mejor que vuelvas con nosotros, pues somos la fuente que nunca cesa.
- Dios aprieta, pero no ahoga -contesté riéndome-. Mire, buen hombre —continué sin risas— creo que usted no contempla la posibilidad de que yo no necesite llenar mi vaso de esa fuente, pues en el mundo hay otros ríos, lagos y mares para elegir. Es más, aún perduro en mi desierto lleno de dunas.

En el atisbo de un sol cegador y el desamparo de una luna oculta, pactamos una tregua mediante un silencio administrativo. Sol y luna eran las premisas que dedujeron como conclusión nuestras caras.

*NOTA:
Texto publicado en "Antología poética de Extremadura (2011)"

miércoles, 28 de diciembre de 2011

ISMAEL OLLERO - ALL IN

Ismael Ollero (Cáceres, 1985)

Parte 1

No sé qué hora sería en el momento de atarme los botines, abrocharme el cinturón y descuidar mi peinado. Nunca me gustó llevar reloj y mis barbas delataban una indiferencia que podía ser apreciada por un miope sin gafas desde la acera de enfrente. Justo esperé a cerrar la puerta de casa para darme cuenta de que había olvidado el paquete de tabaco. Cuando no es una cosa es otra.
Una vez en la calle, me topé con un tipo que tocaba la flauta, pero no me pidió dinero, sino que me saludó con la cabeza. Yo le devolví el saludo enseguida, aunque tardé varios segundos en ubicarle en mi memoria.

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